Tunez

Túnez. África. Octubre 2005

“Yo soy la tabla de tu cuna, la madera de tu barca, la superficie de tu mesa, la puerta de tu casa. Yo soy el mango de tu herramienta, el bastón de tu vejez”.

Proverbio tunecino sobre un árbol.

Túnez forma parte de lo que antiguamente fue la provincia de Cartago, la que hace cientos de años iluminó conciencias a este lado del mediterráneo, llegando a dejar huellas importantes, y pasando a ser hoy en día un territorio yermo en el que cada cual ha dejado su aliento y poco más. Llevándose, eso si, cuanto han podido y más.

Túnez huele a ciudad colonial, huele a Francia y menos de lo esperado a África. Huele a necesidad y a engaño, a haber dejado que las personas que la habitan sean los dueños de sus desorientadas vidas.

Túnez no es árabe, no más que Córdoba. Tunez está plagada de postales de muchos lugares a la vez.

La gran avenida de Bourguiba recorre el centro de la ciudad y conduce diurectamente hacia la parte vieja y el zoco.

Llegar y negociar un taxi es habitual ya a este lado del mediterráneo. Recorrer las calles con un lamento, siempre pensé que poner un pié en África sería algo más intenso.

Realmente, la ciudad es una especie de Pigalle desvencijado. Llegamos en Ramadán y la ciudad estaba demasiado tranquila.

Paseos de izquierda a derecha y luego muralla y oscuridad con olor a especias…

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Tengo que decir que no me atrae demasiado la cultura Árabe, o mejor dicho, su cultura, su arquitectura, su evolución social en la antiguedad si me atrae. No me atraen sus sociedades actuales, ni el culto al machismo, ni sus creencias, ni tampoco sus comportamientos.

El Zoco, bueno, nunca habia estado en un zoco árabe, y sin duda, creo que los hay mejores, el zoco de Tunez es como una planta de oportunidades del corteingles. Los caballeros tunecinos hablan un perfecto español, hay codazos y redondeos, los euros valen más que una sonrisa o un gesto de respeto. Sientes que eres carnaza europea, un maldito turista con euros, odio esa sensación, y la verdad es que ha sido el único lugar en el que librarse de ella, parecía resultar complicado.

Buscamos las cuatro cosas que nos habían encargado y tratamos de huir por callejones hacia la luz, o hacia los túneles menos frecuentados por europeos.

Encontramos esto:

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Vasos de té reposados, dos espejos que servirían días o meses después de ofrenda familiar al otro lado del mediterráneo y gato que no cumple con ramadán o cumple del todo, descansando sus mil ojos en escalera excavada en la tierra. Nadie se importuna por nuestra presencia.

Nos damos cuenta de que nos hemos perdido, en realidad yo ya me habia perdido hacia 4 o 5 túneles y me dejaba llevar por el que ya había estado aqui hacia años.

Al final del camino encontramos una pequeña tienda de perfumes. entramos…

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No me acuerdo ya de cómo se llamaba el chaval que la regentaba, pero nos hablaba en Español y nos decía que tenia una hermana aqui, que habían operado a su sobrino en España, de mirada tranquila no intentó vendernos nada, nos ofreció sombra y sus perfumes.

También la salida del zoco.

El resto de Túnez, en resumen, fue algo como, seguir caminando, tomar té en una cafeteria colonial también desvencijada y con un intenso olor a sudores y cafés aguados. Miradas perpetuas, ni una sola mujer. en las calles voces de “no fumar, ramadán”.

Pies cansados, rumbo a otra parte.

 

 

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